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Valiente

—¿Cuándo tienes vacaciones? —me pregunta, casi como si estuviera planeando algo.

—Curioso que lo preguntes hoy… diez días a finales del próximo mes —respondo, sin pensar mucho en las implicaciones de esa pregunta.

—¿Y qué tienes pensado hacer esos diez días?

Sonrío antes de responder, enviándole una foto de los vuelos que he comprado esa misma mañana, con destino a Menorca. Aún no sé por qué lo hice. Apenas sé nada de él: alguna llamada, unos audios, interminables mensajes de WhatsApp y algunas fotos en Instagram. Eso ha sido suficiente para convencerme de tomar esta decisión impulsiva, algo que él probablemente etiquetará como valentía y locura a partes iguales.

Él me intriga, sí, pero también me asusta. No es el miedo a un peligro físico, sé perfectamente cómo cuidarme en ese sentido. El temor real es al fracaso, a verme de nuevo en una historia que sólo tiene sentido para mí, a entregar todo sin saber si el otro está dispuesto a hacer lo mismo. Es el miedo de abrirme y descubrir que otra vez soy yo quien ha dado demasiado, quien sigue imaginando futuros, fabricando ilusiones, escribiendo capítulos en una historia que tal vez sólo existe en mi mente.

Las cicatrices de antiguas decepciones laten como una advertencia, recordándome que no todos los riesgos valen la pena. Pero, por alguna razón que no entiendo del todo, sigo buscando esa conexión auténtica. Mi impulso de seguir creyendo, de apostar a pesar de las probabilidades, se mantiene vivo, como una llama que se niega a apagarse. Me pregunto si algún día esa llama se extinguirá, si habrá un momento en que me conforme con no sentir nada en absoluto. Pero hoy, esa llama aún arde, y eso me ha llevado a comprar esos vuelos.

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