Miedo
Es esa persona que, sin siquiera proponérselo, te lleva a adoptar pequeñas estrategias de distancia. Cambias los ajustes de tu WhatsApp, decides dejar visibles tu foto y tus estados para todos, excepto para él. Borras su número, pero no lo bloqueas; no quieres eliminarlo de tu vida por completo, solo deseas controlar esa compulsión de escribirle a todas horas.
Esa dependencia de querer enviarle los buenos días y las buenas noches ha comenzado a pesarte. Cada vez que miras el teléfono, esperando ver su nombre en una notificación, sientes una mezcla de emoción y rabia. No debería importar tanto, y sin embargo, lo hace.
El mensaje que llega cuando menos lo esperas y más lo deseas se convierte en una pequeña victoria, y eso te hace odiarlo un poco más.
—No me escribes ni nada… ¿estás bien?
—Jaja sí… es que te tengo mal acostumbrado.
—¿Mal?
Se queda un momento en silencio al otro lado de la pantalla. Tu respuesta evasiva no ofrece claridad, pero es intencional. No quieres que vea la frustración en tus palabras, ni el esfuerzo que te cuesta no buscarlo tú primero. Y aunque él parece querer acercarse de nuevo, tú sabes que debes seguir resistiendo. Porque en el fondo, ese alejamiento es un favor que te haces a ti mismo.
Cada mensaje ignorado, cada respuesta tardía y calculada es un pequeño paso hacia la libertad emocional.


